lunes 26 de mayo de 2008

Diego Torres Villarroel

¡Voto a brios, que este don Diego es personaje curioso! Nacido de librero salmantino compaginó de efebo sus dotes de buen discípulo con su carácter travieso por el que se ganó el sobrenombre de piel de diablo. Sus ratos ociosos los ocupaba en el negocio familiar devorando todo tipo de libros, en especial los de matemáticas y astrología. Cuando terminó su educación básica ya se había granjeado numerosos problemas pues el niño salió algo delincuente, así que decidió emigrar a Portugal, donde nadie le conocía. En Oporto probó a ganarse la vida como bailarín, pero no le satisfizo y continuó probando diferentes estilos de vida: ermitaño, soldado. Durante estos años de su adolescencia se tiene constancia de que Don Diego fue torero, matemático, astrólogo, adivino, alquimista, hasta que comenzó estudios de medicina y comenzó a trabajar de curandero una temporada. Por fin, cansado de la vida disipada, a los veintitantos regresó a Salamanca para establecerse. Allí montó un negocio: comenzó a autoeditar un almanaque de pronósticos (una especie de calendario de lo que iba a pasar los próximos años) firmando como El gran Piscator de Salamanca, con el que fundó este género periodístico que alcanzó gran éxito en su tiempo. Al poco tiempo, se convirtió en un personaje extremadamente famoso, en especial desde que acertase con la muerte de Luis I, el motín de Esquilache y la Revolución Francesa. Cerca de cumplir los treinta años, este hombre, de carácter desenvuelto, sociable y accesible se trasladó a Madrid después de haberse graduado en Medicina en Ávila (donde le quisieron nombrar vicerrector, tal era su don de gentes). En la capital sobrevive haciendo trabajos de costura para un vendedor de la Puerta del Sol. Por fin encuentra trabajo en la Gaceta de Madrid escribiendo artículos de cotilleo sobre las gentes de la ciudad. Acabó ganándose el favor de una condesa que lo había reclamado como mago para que desencantase su casa (en la que, al parecer, los muebles se movían solos). Don Diego encontró así un puesto de criado interno y allí permaneció durante algunos años, utilizando su tiempo libre para leer y escribir sin parar. Pero su lengua le volvió a jugar malas pasadas, pues tras algunos comentarios desafortunados criticando la frivolidad de las clases altas, fue expulsado de la capi, y debe regresar a Salamanca. De este modo, y con treinta y tres años, se presenta a la cátedra de matemáticas en la Universidad que obtiene sin problema (recordemos que el analfabetismo entre la sociedad era extremadamente alto, y además España contaba con poco más de quince millones de habitantes, y más de la mitad vivía en el campo, con lo que no había demasiada competencia). Estuvo cinco años impartiendo matemáticas en la Universidad a pesar de ser consciente de sus mínimos conocimientos en tal materia (qué poco ha cambiado la Universidad ¿no es cierto?). Compagina la docencia con los estudios y a los treinta y ocho se gradúa en Artes, disciplina de la que se hace maestro. Un nuevo delito sin aclarar provoca su expulsión de Salamanca, por lo que regresa a Portugal donde pasa dos años. De regreso a España comienza a alternar entre Salamanca (donde retoma sus clases) y Madrid (donde veranea y establece relaciones sociales). La duquesa de Alba le hospeda en su palacio. A la vejez, viruela, pues pasando el medio siglo, a Don Diego le da por arrepentirse de todas las fechorías de su pasado, y cual Earl Hickey se elaboró una lista, pero en su caso acabó por rayarse demasiado, lo que le provocó un cierto estado de depresión que le obligó a abandonar el trabajo y se oculta durante un tiempo. Cuando reaparece se ordena sacerdote, se jubila anticipadamente y se marcha a hacer el camino de Santiago, acompañado de un montón de fans (recordemos que había obtenido notable fama). Acabado el camino y concedida la indulgencia plenaria, se dedicó el resto de su vida a enriquecer la biblioteca de la universidad, a obras piadosas y a descansar. En resumen, un tipo curioso y de gran curiosidad, extremadamente famoso en su época e injustamente olvidado hoy en día, éxito de ventas y un escéptico redomado que llegó a rechazar las ideas de Newton.

lunes 19 de mayo de 2008

Blaise Pascal

Blaise Pascal fue otro de esos niños prodigio. A los once años ya había escrito un tratado sobre los sonidos de los cuerpos en vibración. Su educación corrió por cuenta de su padre, que se hizo cargo de él y de sus dos hermanas al fallecer su mujer cuando el pequeño Blaise aún tenía tres años. Blaise pronto quedó prendado de las matemáticas, pese a que su padre se las hubiese prohibido porque le robaban tiempo para los estudios de latín y griego. Una noche subieron al cuarto del chaval, que se suponía estaba estudiando retórica latina y lo encontraron demostrando el teorema de que los ángulos de un triángulo suman ciento ochenta grados... sobre la pared, con un trocito de carbón. De modo que le dejaron que por lo menos estudiase a Euclides. Pasado el tiempo, ya con dieciséis años escribió un Ensayo sobre las cónicas, hoy perdido ya que nunca fue publicado. Pero Pascal no veía a su padre muy convencido con las matemáticas, y en especial después de que el cardenal Richelieu le mandase a Normandía a recaudar impuestos, donde tenía que ejercitarlas constantemente. Un buen día Blaise le envió un regalo a su padre, un invento llamado “la pascalina”, o en otras palabras, la primera calculadora de la historia. De las matemáticas pasó a interesarse por otras disciplinas en las que también dejó su huella: no olvidemos que inventó la prensa hidráulica (y la jeringuilla), aclaró el conflicto de las unidades de presión, a las que llamó “pascales” y estudió el concepto de vacío. Pero todo ello no serían sino eslabones de una cadena que terminaría irremediablemente en la filosofía: tras un accidente que tuvo al cumplir los treinta y un años (casi muere atropellado por un coche de caballos) comenzó a dejar de pensar en lo humano y se centró en lo divino ¿qué hacer con Dios? ¿creer o no creer? Su solución era bien sencilla: “si Dios no existe, nada pierde uno en creer en él, mientras que si existe, lo perderá todo por no creer”. Pero incluso en la filosofía encontró algún que otro rechazo, como cuando el rey mandó quemar alguna de sus obras por considerarla inmoral y ofensiva (hoy es un modelo de prosa e ironía). Pero lo más curioso de todo es que yo siempre me imaginé a Pascal como un viejecito cascarrabias, y resulta que falleció con tan sólo treinta y nueve años. A él pertenecen frases tan utilizadas como “el corazón tiene razones que la razón desconoce” o “El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende”. Os dejo con unas más que son mis preferidas, como por ejemplo esta coletilla que introduce al final de una de sus cartas: "He redactado esta carta más extensa de lo usual porque carezco de tiempo para escribirla más breve." Sencillamente genial ¿no? Y dos más que son para recortar y pegar “Ordinariamente, uno se convence mejor por las razones que encuentra por sí mismo que por aquellas que proceden del espíritu de los demás.” y por último “Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas”.

lunes 12 de mayo de 2008

Henry Darger


Quiero agradecer a Jhwh que mencionase a este complejo personaje. Su padre era sastre y su madre falleció cuando sólo tenía cuatro añitos dando a luz a una niña. El sastre viudo decidió que lo mejor sería dar a la niña en adopción, y una par de años más tarde, frente a la acuciante situación económica por la que pasaban, internó a Henry en un orfanato católico. En aquella institución se convirtió en el personaje que sería a lo largo de su vida. Los otros niños le llamaban 'el loco' (no eran muy originales), aunque quizá algo de razón llevaban: Henry hablaba solo y de vez en cuando se ponía a emitir extraños ruidos. Total, que a los doce le ingresaron en un “asilo para niños imbéciles” con el primer diagnóstico de “corazón en lugar equivocado” y con el segundo de “masturbación” (sic.). Cuatro años más tarde, a los dieciséis, consiguió escaparse de allí y, una vez libre, fue a buscar a su padre, pero éste había muerto hacía ya tres años, así que comenzó a buscarse la vida. Alquiló un cuchitril en el que vivió casi recluido el resto de su vida, de donde tan sólo efectuaba salidas rutinarias, entre ellas para trabajar (fue botones en un hospital hasta los setenta y un años). La soledad le acarreó una serie de manías y obsesiones, como ir a misa (a veces hasta cinco veces al día) o recoger y almacenar basura de la calle. Tan sólo se le conoció un amigo, con el que fundó una “sociedad protectora de niños” cuyos únicos miembros eran ellos dos. Cuando su amigo se marchó de Chicago, Darger se compró un perro. De este modo llegó a los ochenta años, cuando, incapaz de subir las escaleras de su casa ingresó en un asilo y al año falleció. Aparte de unas acusaciones por el asesinato de una niña que no han sido demostradas, no hay nada más reseñable en su vida. Entonces ¿qué hizo Darger para que hablemos de él? Pues entre otras cosas, escribir una de las obras literarias más voluminosas de la historia, un manuscrito de quince mil ciento cuarenta y tres páginas a un espacio por las dos caras titulado “The Story of the Vivian Girls, in what is Known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinian War Storm, Caused by the Child Slave Rebellion”. Por si fuera poco, lo que iba recogiendo en los contenedores no era basura, sino material para hacer collages. También escribió un libro autobiográfico, y otro titulado The Weather Reports donde entablaba diálogos ficticios con el hombre del tiempo. Las acuarelas y dibujos se contaban por cientos. Todo ello permaneció oculto hasta su muerte. Fue el casero quien lo encontró, además de cerca de mil ovillos de cuerda enrollados una y otra vez de manera obsesiva. Hoy en día, a Darger se le tiene por una referencia del llamado arte marginal e incluso hay un centro de estudios que lleva su nombre. Su obra se vende por millones de dólares. A buenas horas...

lunes 5 de mayo de 2008

Empedocles


Este es otro de esos “griegos raritos” que aparecen por estos lares de cuando en cuando y que quiero dedicar a Romir. Se le conoció como Empedocles de Agrigento y se sabe bien poco sobre su vida, reconstruida a base de anécdotas y comentarios que aparecían sobre él por aquí, por allá y por acullá. Lo que parece cierto es que nació en una familia de las pudientes, gracias a la cual entró a participar en la política local ocupando cargos de importancia en su ciudad. Como la política le aburría, comenzó a compatibilizar su trabajo con el estudio de todo lo que cayese en sus manos, pues la pretensión de Empedocles era llegar a ser un hombre sabio. Pronto el estudio comenzó a dar sus frutos, por ejemplo cuando demostró la presión del aire utilizando una clepsidra (creo que es algo así como un reloj de arena que en vez de arena tiene agua); o cuando descubrió que las plantas tenían sexo y que existía una fuerza a la que hoy conocemos como centrífuga. Fue un tipo muy perspicaz, tanto que fue el primero en darse cuenta de que la luz de la luna era la del reflejo del sol, o que la Tierra, al igual que la luna y el sol, era otra esfera. Fijaos que hace falta tener mucha capacidad de abstracción para llegar a esas deducciones antes de la era cristiana. Por si fuera poco también fue poeta, aunque lo que mejor se le daba era eso de filosofar, que era lo más In de entonces. De este modo alcanzó a idear la teoría de las raíces según la cual, de las raíces de la tierra salían ojos, manos, riñones, etc... de hombres y animales, que se juntaban mediante la fuerza del amor. Así que lo que hoy existe sobre la Tierra, serían las combinaciones de órganos que lograron sobrevivir. Yo creo que debía de darle también al canuto cantidad. Curiosamente, esta teoría tiene una segunda parte, que es la de la Metmpsicosis, que viene a decir que esas partes de las que hoy estamos constituidos, fueron en otro tiempo parte de otra cosa, lo que le llevaba a afirmar que él antes había sido mujer, árbol, pájaro y pez. Algo muy relacionado con las teorías de la reencarnación. A medida que pasaba el tiempo, Empedocles fue alcanzando cada vez más importancia a nivel social, hasta que al fin acabó por presentarse a unas elecciones. Su carisma, la fama que se había ido creando de sabio, de científico, de médico, e incluso de mago (al fin, un mago es un científico aplicando sus conocimientos delente de un profano). Algunos le calificaban de profeta, semi-dios, así que todos coincidieron que él era el mejor candidato para el partido demócrata. Muchos predijeron su victoria. Perdió. A partir de ese momento decidió olvidar la política, exiliarse al Peloponeso y dedicarse el resto de su vida a ser sabio. Claro que le duró poco porque ya se le había ido la pinza y como tantos otros que le precedieron y tantos otros más que llegarían después, comenzó a creerse su propio mito y pensó que no le pasaría nada arrojándose al volcán Etna ¿Que por qué hizo esta locura? Unos dicen que para que le venerasen como a un dios, otros que por su curiosidad por conocer el interior de la Tierra. Yo personalemente creo que tropezó.

lunes 28 de abril de 2008

Henry Cavendish


El pequeño Henry nació con la vida resuelta, pero los caminos de la ciencia le llevaron a complicarse la existencia. Su padre, lord para más señas, no escatimó un real en la educación de su retoño, lo que le llevó a terminar su formación en Cambridge. Allí comenzó a labrarse la fama de bicho raro, ciertamente merecida, que le acompañó el resto de su vida. No hablaba más de lo estrictamente necesario, salía poco de casa, y cuando lo hacía siempre caminaba ensimismado, como si estuviese en otro planeta (el neurólogo Oliver Sacks cree que pudo tener el síndrome de Asperger). Pero en realidad, a Henry le obsesionaba el conocimiento. Se convirtió en una especie de friki de la física y de la química, y así con sus treinta y cinco añitos ya tenía en su currículum haber descubierto entre otras cosas las propiedades del hidrógeno, la densidad de la Tierra y de la atmósfera o la composición del agua. De todos modos, Cavendish será recordado por sus expeditivos métodos de experimentación con las cargas eléctricas (no en vano fue ayudante de Benjamin Franklin): como por aquel entonces no existían herramientas de medición precisas de la intensidad de la corriente, decidió medirlas a partir del dolor que experimentaba en su cuerpo (imagináos cómo debía de tenerlo después de años de investigaciones). En cualquier caso, sus trabajos sobre la electricidad permanecieron en la sombra hasta el siglo siguiente. Como veis, fue un personaje extremadamente excéntrico, lo que le valió para ingresar en la sociedad de los lunáticos (la llamada Sociedad Lunar de Birmingham) donde compartió copas y charlas con James Watt o Darwin entre otros. También se dice que era bastante misógino: había ordenado a sus sirvientas que no se le pusieran a la vista y se comunicaba con ellas por medio de notas. Por supuesto jamás se casó. Siempre iba con la misma ropa, un traje violaceo desgastado que era su favorito y un sombrero de tres picos algo demodé (del siglo pasado). Dedicó su fortuna a comprar cientos y cientos de libros, creando una de las mejores bibliotecas del momento, donde se dice que no sólo anotaba los pocos libros que dejaba, sino los que sacaba él mismo. Por fin, a los 72 años llegó su reconocimiento con el ingreso en la Royal Society. Ocho años más tarde fallecería dejando una considerable fortuna, cuantiosas notas e innumerables experimentos. Un científico francés dijo de él que fue "el más rico de todos los sabios, y muy posiblemente en el más sabio de todos los ricos".

lunes 21 de abril de 2008

Carl Friedrich Gauss

Quiero dedicar este personaje a los gaussianos. Si hablamos de matemáticas, hablamos de Gauss, una de las mentes preclaras de la disciplina. Y lo fue desde muy jovencito, a pesar de que su padre jamás quiso que su churumbel se dedicase a labores intelectuales: se dice, se comenta, se rumorea que con sólo tres añitos ya corrigió a su progenitor en unas cuentas que estaba haciendo. Con la inestimable ayuda de su mamá consiguió acceder a una educación, bastante rígida y encorsetada, eso sí, pero educación al fin y al cabo. En el colegio, cómo no, destacó por su soberana inteligencia, como atestigua la famosa anécdota de la suma de números del uno al cien (que el joven Gauss solucionó mentalmente en pocos segundos para asombro de la concurrencia). Su fama comenzó a expandirse hasta que llegó a los oídos de un viejo duque que le costeó sus estudios. Alcanzados los veinte años leyó su tesis doctoral y dos años más tarde la publicó como complemento a una de sus más grandes obras maestras: las Disquisitiones Aritmeticae. Esto supuso que con veinticinco años fuese nombrado miembro de la Real Sociedad de Ciencias de Gottingën. Bolyai, su gran amigo de los tiempos de la Facultad, relataba así sus encuentros: Nos unía la pasión por las Matemáticas y nuestra conciencia moral, y así paseábamos durante largas horas en silencio, cada uno ocupado en sus propios pensamientos. Claro, así descubrió cosillas como la predicción de la órbita del asteroide Ceres, lo que le valió que a los treinta y dos fuese nombrado director del observatorio de Göttingen. Allí demostró cómo calcular la órbita de cualquier planeta. Pero a Gauss también le quedaba tiempo para tener una cierta vida personal: unos años antes había contraído matrimonio con Johanna, con quien tuvo dos niños. La llegada del tercero (que sólo vivió tres meses) supuso el fallecimiento de su joven esposa. Hay quien dice que Gauss, tan concentrado en su trabajo, cuando le comunicaron que su esposa estaba a punto de morir, respondió: Sí, sí, pero pídale que espere un momento hasta que acabe con esto. Un año más tarde se casó en segundas nupcias con Minna, una amiga de Johanna con la que tendrá otros tres hijos. Mientras tanto Gauss había estado realizando importantes contribuciones a la geodesia y a la estadística (la famosa campana de Gauss) entre otras cosas, como al magnetismo fabricando, junto a Wilhem Weber, un rudimentario telégrafo eléctrico. Su vida familiar acaba complicándose: su hijo Eugen, que debía de estar hasta el gorro de su papá, se marcha a EEUU quizá para perderlo de vista; su mujer fallece y Gauss sólo encuentra consuelo refugiandose en la Física, para la que consiguió numerosos hallazgos, muchos de ellos descritos en su diario, que no se hizo público hasta medio siglo después de su muerte. Con avanzada edad, comenzó a interesarse por los avances de la tecnología y visitó las obras del ferrocarril en una accidentada excursión que casi le cuesta la vida (y es que conducían los coches de caballos como locos). La hidropesía, enfermedad común en muchos de nuestros personajes acabó con su vida a los setenta y siete años (las mismas decenas, por cierto, que las de su nacimiento). Gauss, quien fue conocido como el Príncipe de los matemáticos, fue descrito por su amigo Sartorius von Waltershausen como un hombre sencillo y sin afectación desde su juventud hasta el día de su muerte. Un pequeño estudio, una mesita de trabajo con un tapete verde, un pupitre pintado de blanco, un estrecho sofá, y, después de cumplir los 70 años, un sillón, una lámpara con pantalla, una alcoba fresca, alimentos sencillos, una bata y un gorro de terciopelo eran todas sus necesidades.