lunes 17 de diciembre de 2007

Franz Kafka

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto. Así comienza La Metamorfosis, la obra más conocida de este genial autor. El hecho de provenir de una familia judía unido a la vehemencia de su espíritu le hicieron unirse a los sionistas (es decir, ese grupo de judíos cuya voluntad es recobrar Palestina) e incluso planeó un viaje a la tierra prometida, pero se acabó suspendiendo. Debió de pensar que bastante tenía con lo que pasaba en casa como para meterse en más jaleos: su padre fue un elemento de cuidado. Por lo que se ve lo tenía todo: autoritario hasta la tiranía, siempre haciendo de menos a su hijo, quien estuvo asustado de la figura paterna, por lo menos hasta los veinte años. Claro que su obra no hubiese sido la misma si su padre fuese de esos que te regalan la X-Box por Navidad (por cierto, Felices Fiestas a todos). En definitiva, todo esto le supuso a nuestro Franz desarrollar un carácter reservado, inseguro e incluso hasta depresivo: no se gustaba a sí mismo, le daba repelús mirarse al espejo y pensaba que era poco menos que idiota. Siempre mantuvo ese aspecto infantil de cordero degollado, y una manera de ser demasiado fría para su edad. Sin embargo sus amigos siempre le recordaron como una persona inteligente y con un gran sentido del humor, algo que él mismo fue incapaz de ver. Estudió leyes y consiguió el doctorado a los veintitrés años, lo que le valió para encontrar empleo como pasante (en realidad fue una especie de beca no remunerada) en una agencia de seguros. En este idílico entorno comenzó a escribir sus relatos y novelas, y claro, así le salió lo que le salió: La metamorfosis, El proceso, El castillo, El desaparecido y algunos relatos breves. Todas con un ambiente muy, muy... kafkiano (sí, es el adjetivo que mejor lo define). A los diez años de estar trabajando en la aseguradora descubrió el asunto de las bajas laborales y de los treinta y cuatro a los treinta y nueve apenas pisó el trabajo, aquejado de tuberculosis, hasta que tuvo que dejarlo. Como muchos de nosotros, este hombre contrajo una profunda aversión a la burocracia, algo que podemos observar en obras suyas como El proceso. Y vamos ya con las cosas de la locura: hay quien, basándose en su obra habla de ciertos trastornos psicológicos, pero yo creo que no era para tanto (si leyeran algunas de las cosas que escribo yo, seguro que me acababan encerrando). Lo que sí tuvo fue un insomnio galopante y frecuentes jaquecas, que yo creo que eran debidas a una alimentación deficiente, vamos, que se hizo vegetariano y naturista de mala manera: por ejemplo, creía que era más sano tomar la leche sin pasteurizar y además acabó por convertirse en anoréxico. El caso es que su nombre, Kafka, que en checo significa grajo, nos ha quedado como paradigma de lo angustioso, lo complejo y lo absurdo a la vez. ¿Qué adjetivos se desprenderían de nuestros apellidos? Pero, terminemos ya. Oteando la parca que se acercaba ya sigilosamente a sus cuarenta y pocos, encargó a su amigo Max Brod que destruyese todos su relatos (deseo no concedido, de hecho fue el principal editor de la obra de Franz). No contó Max con Dora Diamant, quien guardó otros muchos cuadernos y cartas que acabaron en manos de la Gestapo y aún continúan desaparecidos.

jueves 13 de diciembre de 2007

Carlo Broschi "Farinelli"


Todos hemos oído hablar de Farinelli, pero ninguno le hemos podido escuchar, y es una pena porque el mozalbete tenía un registro vocal ciertamente sorprendente de más de tres octavas. Ya de niño sorprendía a todos por su modo de cantar, así que en cuanto cumplió los ocho años, el padre le envió al castrador para triunfar en el mundo de la música (¡quién me mandaría haberme puesto a cantar!, debió de pensar mientras le arrancaban para siempre su burdo rumor). Recién capado se le envió al conservatorio para convertirlo en un hombre de provecho. Allí entró Carlo Broschi y de allí salió Farinelli, sobrenombre que él mismo eligió. Sus arreglos vocales a composiciones clásicas sorprendieron a los eruditos y a los quince años comenzó a actuar por el sur de Italia, normalmente representando papeles de mujer. En todas sus actuaciones cosechó un éxito inusitado y continuó su tour por el norte de Italia, Austria, Londres y Francia, hasta que por fin, llegó a España, donde comienza la historia que demuestra que Farinelli fue el primer walkman de la historia. Llegó a España de visita, pero, cual Monsieur Sans-Délai, acabó viviendo en nuestra tierra más de veinticinco años. Resulta que el rey Felipe V padecía una gran depresión, así que trataron de curarla con los cantos del chaval. El caso es que funcionó: todas las noches, Farinelli subía a la habitación del rey a cantar sus canciones favoritas. Claro que si hubiese habído mp3, las cosas hubiesen sido de otro modo. Con tanto contacto con la realeza, el Fari (¿de qué me suena a mí eso?), acabó por acumular gran poder y riqueza, fama y fortuna: director de varios teatros, caballero de la orden de Calatrava. Parece ser que también tuvo una relación con un tal Manolo, alumno suyo. Al llegar al trono Carlos III (con aire insigne se quitó el sombrero) regresó a Bolonia para dedicarse a la composición (sí, también componía), a la ejecución (sí, también tocaba) y al ocio (sí, también se divertía, aunque poco, parece ser). Fue un hombre religioso, con grandes amigos y conocidos (Mozart fue uno de ellos) y muy querido. Vivió rodeado de perros, gatos y otras mascotas. Se convirtió en vegetariano y se dedicó a la beneficencia en sus últimos años. Parece ser que tuvo una relación con el poeta italiano Metastasio: se vestían igual y se hacían pasar por gemelos. Todos hablaban bien de él, incluso antes de su muerte: fue una persona sencilla, a pesar de su poder; humilde, a pesar de ser un genio; caritativo, a pesar de tener motivos para vengarse del mundo; discreto, a pesar de saber más de lo que era prudente; no se le conocieron vicios, y siempre cuidó su figura (ya sabemos que los castrados tienden a engordar, cosa que no deseaba). Falleció en Boloña y allí permaneció enterrado hasta que las tropas de Napoleón arrasaron el terreno. Hoy se han descubierto los restos de alguien que pudo ser Farinelli, pero se sigue investigando.

lunes 10 de diciembre de 2007

Johannes Kepler

Si preguntásemos a alguien de su época sobre quién era ese tal Kepler, sin duda nos diría que el conocido astrólogo (sí, si, astrólogo y no astrónomo, que es por lo que le conocemos hoy) pues su fama provenía de sus horócopos, no siempre atinados, pero sin duda interesantes. Probablemente Kepler encontró de ese modo la manera de ganarse el pan, como quien pinta marinas y retratos para financiarse su obra o como quien toca en una orquesta de pachanga para subsistir y poder hacer música de verdad. A la gente le costaba bastante diferenciar entre lo que era ciencia y lo que era creencia: para los contemporáneos de Kepler, los astros estaban guiados por leyes divinas. La historia de Kepler es inmediatamente posterior a la de nuestro querido Tycho ¿lo recordáis? Pero no nos adelantemos a los acontecimientos y comencemos por el principio. Nació sietemesino de madre sanadora y padre mercenario. A su débil salud se le unió la característica de ser un gran hipocondriaco durante toda su vida. Su vista dejaba mucho que desear debido a unas complicaciones con la viruela ya a los tres años. Vivían en una casa de huéspedes que regentaba su madre, quien más adelante sería acusada de brujería y condenada a la hoguera (aunque falleció seis meses después de salir de la cárcel). Allí, la madre colocaba a Kepler sobre una mesa para que, ante el asombro de los huéspedes, resolviera todos los problemas matemáticos que se le proponían, con una increíble velocidad y exactitud (claro, que en aquellos tiempos, no existía la Play y de alguna manera tenía que entretenerse el mocoso). A partir de ahí no es de extrañar que se le diesen bien los estudios, a pesar de que a la vez que estudiaba trabajaba como jornalero en el campo, sumando y restando nabos y otros vegetales. Cuando cumplió los dieciocho, su padre se fue a una guerra y jamás regresó. A los veintidós contrajo matrimonio con Barbara Müller, quien falleció a los quince años (se cuenta que sufría una enfermedad mental), junto a dos de sus cinco hijos. Sus amigos, viéndole tan apenado, le organizaron un nuevo romance, con una mujer con la que no acabó de congeniar (también se contaba que esta segunda mujer tenía muy mal carácter y era bastante mezquina). Su segunda esposa, Susanne Reuttinger le dio siete niños que no le sobrevivieron, aunque parece ser que esta vez el matrimonio fue feliz. Mientras tanto había de preocuparse de escapar de los protestantes, que le perseguían por haber vivido entre católicos, y de los católicos que le perseguían por ser protestante. Por fin acepta trabajar para Tycho Brahe (con veinticinco añitos), pero su relación estuvo siempre teñida de una gran rivalidad y desconfianza entre ambos genios. hasta que Tycho no falleció, Kepler no pudo tener acceso a todos los datos que Tycho había ido recopilando a lo largo de los años y que guardaba celosamente. No vamos a hablar de la extensa y magnífica obra de Kepler pues nos extenderíamos más de lo que aconseja la prudencia, pero sí nos gustaría señalar que muchos creyeron que al final de su vida, este gran hombre había contraído demencia senil por decir cosas como que "las mareas están motivadas por una atracción que la luna ejercía sobre los mares...". Este es su epitafio: Medí los cielos y ahora mido las sombras. Mi mente tenía por límite los cielos, mi cuerpo descansa encerrado en la Tierra.

lunes 3 de diciembre de 2007

Oliver Heaviside

Hoy, rescatamos del olvido a este científico olvidado, cuya única pasión fue la física, y nada más. Contó con unos padres con escasos recursos económicos: el padre se dedicaba a la xilografía, concretamente a imprimir retratos, justo en la época en la que la fotografía estaba desbancando a todos sus competidores; y la madre sacaba sus cuartos con algunas clases particulares que impartía a domicilio. Como casi todos los genios, tuvo una delicada saluda de niño (una escarlatina mal llevada le dejó sordo hasta la adolescencia, cuando empezó a remitir). Quizá de allí le viniese su carácter huraño y retraído. Un buen día, la familia Heaviside recibió una herencia, lo que permitió a Oliver ir un año a una academia. El resto de su formación es completamente autodidacta: se convirtió en una rata de biblioteca pública. Pasó en las bibliotecas casi todo el tiempo de su vida, en silencio, tratando de desentrañar las complicadas leyes de la física, tan en boga en aquellos tiempos. A los diecisiete años, encuentra trabajo como telegrafista gracias a un pequeño enchufe de unos familiares lejanos, lo que le permite estudiar la física que tiene que ver con las ondas telegráficas. Al poco tiempo de trabajar comienza a sufrir ataques epilépticos y tiene que dejar el trabajo (hay quien piensa que esos ataques pudieran ser algo exagerados para librarse del trabajo, pero, bueno, no seamos malvados). Esa fue la última vez que tuvo un trabajo en su vida. Sus escasísimos ingresos provenían de lo que le pagaban por los cientos de artículos científicos que escribió a lo largo de su vida (de verdad, una cantidad más que considerable). Como decíamos al principio, su pasión fue estudiar, y nunca se preocupó de ganar dinero con sus teorías (de hecho, muchas de las aplicaciones prácticas de estas teorías las elaboraron otros colegas). Jamás se preocupó por tener más dinero del que necesitase, y parece ser que sus necesidades eran mínimas (vivió prácticamente como un indigente). Una mañana tras cumplir los cincuenta años sintió que se le secaba la cabeza, y que todas sus geniales ideas se le escapaban. Algo no marchaba bien. Dejó la actividad científica y su salud empeoró. Algunos amigos, pocos ciertamente, consiguieron reunir firmas para que le fuese concedida una paga, que Oliver no quiso aceptar por considerarla caridad, pero que al fin recibió, a regañadientes, poco antes de fallecer. Y luego dicen que estudiar es sano...