miércoles 30 de enero de 2008

Benjamin Franklin

El año pasado, la compañía de cómics Marvel lanzó el evento de Civil War, una guerra entre superhéroes a causa del acta pro-registro (que obliga a los enmascarados a registrarse y desvelar sus identidades secretas). El caso es que el eslogan era una frase de Benjamin Franklin “Quienes renuncian a su libertad por seguridad, no merecen ni libertad ni seguridad”. El caso es que el hombre de la cara de los billetes de cien dólares fue un tipo muy curioso. Para empezar tuvo dieciséis hermanos y no es que tuviera una feliz infancia: a los diez añitos su padre le sacó del colegio y le llevó a trabajar con él a la fábrica de velas y jabones. Pasó allí algún tiempo hasta que decidió probar otros oficios, entre ellos marino, carpintero, albañil, tornero hasta que su hermano James le enchufó en la imprenta que tenía. Allí le entró la vena poética, pero pronto su padre le quitó la idea de la cabeza. Así que en lugar de poesía comenzó a escribir ensayo, y aprovechando que su hermano acababa de fundar un periódico cambió el trabajo de imprenta por el de articulista político. Por fin, a los dieciocho publica su primer libro de ensayo “Disertación sobre la libertad y la necesidad, sobre el placer y el dolor”. Efectivamente el tiempo es relativo: a unos se les estira y a algunos se nos encoge. Pero, claro si tu filosofía de vida es “¿Amas la vida? No desperdicies el tiempo porque es la sustancia de la que está hecha”, pues entonces se entiende mejor. Y esto es sólo el principio. A los veintiún años fundó un club de intelectuales, montó su propia imprenta y consiguió el contrato en exclusiva para imprimir papel moneda en las colonias británicas de América, lo que le reportó pingües beneficios. Cual ciudadano Kane, compró un periódico con sólo veintitrés años y al año siguiente se casó. A los veinticinco tuvo su primer hijo, se hizo masón y fundó una biblioteca. Entonces se metió en política y a los treinta fue elegido miembro de la asamblea general de Filadelfia. Por esas mismas fechas había fundado el primer cuartel de bomberos de la ciudad. Quizás por no haber podido estudiar de joven, ahora Benjamin se había convertido en un devorador de conocimientos: estudió todo lo que tuvo a su alcance, principalmente ciencia y filosofía. A los treinta y siete fue elegido presidente de la sociedad filosófica estadounidense y un año después presenta uno de sus primeros inventos, la moderna y segura chimenéa metálica a los que siguen las lentes bifocales, los humidificadores para estufas y chimeneas, las aletas de nadador, la armónica de cristal o el pararrayos. El secreto era aprovechar la situación: estando su hermano John enfermo de cálculos renales inventó el primer catéter flexible. También fue el primero en describir la corriente del golfo. Con tanto ajetreo, y llegando a los cuarenta, Benjamin decidió comenzar a escribir su autobiografía. Allí descubrimos cómo comenzó a interesarse por los fenómenos eléctricos al tiempo que organizaba las milicias para defender Pensilvania y cómo unos años más tarde era elegido miembro negociador con los indios nativos. Continuó fundando una Universidad por aquí, un hospital por allá hasta que un día decidió realizar un experimento para comprobar la electricidad de las nubes. Ató a una cometa una cucharilla de metal para comprobar si se cargaba y de ahí lo del pararrayos. Pero Benjamin seguía ascendiendo: a los cincuenta le eligieron miembro de la Royal Society y no mostraba síntomas de que su curiosidad mermase: siete años más tarde se propone mejorar el sistema postal de EEUU e inventa el cuentakilómetros. Son famosas sus contribuciones en sus últimos años a la declaración de Independencia de EEUU, el tratado de París que ponía fin a la guerra o la redacción de la constitución de los EEUU. Trató de impulsar la abolición de la esclavitud hasta que a los ochenta y cuatro años falleció de pleuritis. Quizá su mejor frase sea aquella de "Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como hayas muerto, escribe cosas dignas de leerse, o haz cosas dignas de escribirse."

martes 22 de enero de 2008

Dionisio el exiguo

De Dionisio se sabe poco, pero por lo poco que se sabe, no cabe duda de que debió de ser todo un personaje. Este monje, fue el responsable, entre otras cosas, de que hoy nos encontremos en el año dos mil ocho. De profesión matemático, el apodo de 'Exiguo' le viene por su corta estatura. Falleció poco antes de cumplir los ochenta años, lo cual era una longevidad considerable para la época. Por aquel entonces cada cual tenía su propio calendario, su modo de contar el tiempo histórico. Unos contaban a partir de la fundación de Roma (ab urbe condita). Otros (los coptos de Egipto aún lo hacen) lo hacían a partir de la llegada al trono del emperador Diocleciano. Nosotros, los españoles también teníamos nuestro propio calendario, el de la era Hispánica, cuyo año I era el 38 a.c., que adoptaron los reyes godos (este calendario se empleó hasta el 1180, cuando que en el concilio de Tarragona se impuso la era cristiana). Por otro lado estaba el calendario judío, que no coincidía con el juliano (el romano) en fechas tan señaladas como la Pascua, y eso no podía ser, así que, ni corto ni perezoso, el papa Juan I le encargó a Dionisio que pusiera en orden todo aquello. A partir de tablas cronológicas, otros documentos y la pura deducción estableció el nacimiento de Cristo el uno de enero del 754 ab urbe condita (ahora se sabe que el nacimiento no fue ese año sino cinco años antes). Y pensó que sería buena idea establecer ese día como el primero de la era cristiana. Para los años anteriores la cosa estaba clara: se contaba hacia atrás. Pero se olvidó del cero en sus cálculos, que por aquel entonces no se conocía, motivo por el que pasamos directamente del año -I al I (...). Respecto del día del nacimiento del llamado Rey de los judíos también hay una historia: resulta que tres siglos antes de Dionisio se estableció de modo artificial esa fecha para que coincidiese con la del dios pagano Mitra. Y Dionisio se lo tragó. Los primeros en aceptar el sistema propuesto por Dionisio (a.D., anno Domini) fueron los ingleses, mientras que en Roma se sigió adoptando el romano hasta el siglo IX. Los retoques finales al calendario que nos ocupa los dió el papa Gregorio XIII, eliminando diez días para cuadrar las cuentas, lo que dio origen a los años bisiestos, entre otras cosas. Hoy es el calendario vigente en casi todo el mundo occidental.

martes 15 de enero de 2008

Alan Turing

El otro día me colaron en la biblioteca un libro que se les había traspapelado. Era la biografía de Alan Turing, y al poco tiempo de leer supe que debía ser uno de nuestros personajes. Una personalidad compleja y hermética que en ocasiones alcanzaba lo histriónico. Posiblemente fue un niño prodigio, precoz en la lectura y aficionado a los juegos de lógica. Nunca hacía peyas. De hecho durante una huelga general, por no faltar a clase se hizo el camino en bici. Y estamos hablando de sesenta millas. Hasta salió en el periódico local por ello. No iba con chicas. Su mejor amigo, murió antes de que llegasen a la Universidad. Allí demostró sus conocimientos y desarrolló la Máquina de Turing (en realidad un aparato virtual que nunca llegó a construirse salvo un intento de unos japoneses con el Lego). Esta máquina solucionaba cualquier problema matemático basado en un algoritmo. Para entendernos, algo así como un ordenador. Para los problemas sin solución algorítmica (por ejemplo, cuando se cuelga el ordenador por que no sabe qué hacer) complementó su máquina con otras llamadas Oráculo. Llegó a medrar en la Universidad e incluso tuvo algún que otro encontronazo con Wittgenstein por cuestiones académicas. Entonces estalló la guerra, y con ella la normalidad: a Turing lo metieron a descifrar mensajes encriptados con la famosa máquina Enigma. Gracias a Turing, descifrar los mensajes nazis era pan comido. Inventó un sistema para descifrar otros códigos, y ese sistema está en la base del primer ordenador, Colossus, diseñado por Max Newman. Curiosamente todo este trabajo no le reportó ningún reconocimiento ya que permaneció bajo el más absoluto secreto hasta la década de los setenta. Tras la guerra continuó con sus investigaciones sobre computación e incluso llegó a arañar la idea de generar inteligencia artificial. También se introdujo en el mundo de la cibernética y se especializó en sus últimos años en la biología matemática (algo así como intentar encontrar la fórmula matemática de la vida). Eso le llevó a descubrir cosas tan sorprendentes como la proporción aurea o la sucesión de Fibonacci en la naturaleza. Al fin, acabaron los buenos tiempos. Su madre, que intentó casarle, pronto comprendió que su retoño había elegido otro camino, que llevó en secreto. Pero los secretos vuelan y acabó siendo condenado por homosexual. Existe una historia acerca de un amante de Turing que con un amigo entraron en su casa para robarle. Turing les descubrió y llamó a la policía. Sorprendentemente él resultó ser el acusado. Se le aplicaron inyecciones de estrógenos (por aquél entonces, la homosexualidad era considerada una enfermedad) lo que provocó que le crecieran pechos y que aumentase muchas tallas aparte de una depresión galopante. El biógrafo de Turing nos cuenta que en 1938 asistió al estreno de Blancanieves y los siete enanitos y que salió del cine entusiasmado con la escena de la bruja y la manzana. Años más tarde, Turing falleció tras ingerir una manzana envenenada. Aún no se sabe si fue suicidio o asesinato (por lo visto mucha gente importante quería verle muerto por todos los secretos de Estado que conocía). Hay quien piensa que el logotipo de Apple tiene que ver con Turing: la manzana y la bandera multicolor, pero no parece cierto. ¿O quizás sí?

lunes 7 de enero de 2008

Thales de Mileto

¿Alguien se acuerda de aquello de que si se cortan varias rectas paralelas por dos rectas transversales, la razón de dos segmentos cualesquiera de una de ellas es igual a la razón de los correspondientes de la otra? Pues es uno de los muchos modos de enunciar el teorema de Thales (a mí, particularmente me gusta más el que hicieron en su día Les Luthiers). Durante mucho tiempo, para servidor, Thales no fue más que un nombre de este aburrido teorema, pero poco a poco este sabio griego, del grupo de los Siete Sabios se ha conseguido hacer un hueco en este ilustrísimo panteón (y que me perdonen los vivos). Como todo genio que se precie fue incomprendido en su juventud: mientras otros se labraban un futuro con una profesión decente, al pequeño Thales le dio por investigar qué pasaba en el universo (y se cuenta que por eso se le considera el primer filósofo), lo que le supuso bofa y escarnio por parte de sus allegados y enemigos íntimos. Con el tiempo, a Thales se le acabaron hinchando los miletos y realizó una proeza que dejó a todos con la boca abierta: sus estudios astronómicos y sobre el clima le sirvieron para predecir la calidad de las cosechas de aceitunas, con lo que obtuvo pingües beneficios (esto lo cuenta Aristóteles). La vida de Mileto (a quien le interese, Mileto estaba en la actual Turquía) nos ha llegado a retazos y básicamente tan sólo se conocen algunas anécdotas narradas por Laercio o Heródoto. Quizá la más conocida sea la de su viaje a Egipto, donde midió una pirámide apoyado en su bastón (en el momento en el que la sombra del bastón midió lo mismo que el bastón, dedujo que la sombra de la pirámide mediría lo mismo que la pirámide). No sabemos a ciencia cierta si era originario de Mileto, aunque parece seguro que su ascendencia es fenicia. Sé que Tales es un nombre ciertamente raro, pero sus padres, Euxamias y Cleobulina se llevan la palma: le enviaron a estudiar con los sacerdotes en Egipto, que por entonces era lo más in. Se ganó la vida bastante bien como consejero político, profesor (entre sus discípulos se encuentra nuestro querido Pitágoras) y con otros menesteres como predecir eclipses de sol (lo que le valió la fama), defender la inmortalidad del alma, desviar ríos para el ejército (construyó un canal con su escuela de náutica) o sostener que el componente esencial de la vida es el agua. A Thales le debemos la división del año en estaciones y en trescientos sesenta y cinco días (¡cómo se las arreglarían entonces!). El caso es que tanto estudio le convirtió en un genio despistado (seguro que ya os habrán contado que Thales iba siempre mirando al cielo, por lo que tenía la costumbre de caerse en agujeros), y le dejó poco tiempo para asuntos más terrenales: su madre, Cleobulina, estaba empeñada en casarle y hacer de él un hombre de familia, pero a él no le convencía el matrimonio así que ante las insistencias de su madre, primero argumentaba que era demasiado pronto, y pasados unos años que era ya demasiado tarde. No se conocen obras escritas por él por lo que casi todo lo que nos ha sido transmitido de su sabiduría ha llegado de modo oral en un primer momento. Falleció ya mayor y nos legó algunas citas célebres entre las que destaco su “Conócete a tí mismo” y esa de “Lo más grande es el espacio porque lo encierra todo”.