lunes 28 de abril de 2008

Henry Cavendish


El pequeño Henry nació con la vida resuelta, pero los caminos de la ciencia le llevaron a complicarse la existencia. Su padre, lord para más señas, no escatimó un real en la educación de su retoño, lo que le llevó a terminar su formación en Cambridge. Allí comenzó a labrarse la fama de bicho raro, ciertamente merecida, que le acompañó el resto de su vida. No hablaba más de lo estrictamente necesario, salía poco de casa, y cuando lo hacía siempre caminaba ensimismado, como si estuviese en otro planeta (el neurólogo Oliver Sacks cree que pudo tener el síndrome de Asperger). Pero en realidad, a Henry le obsesionaba el conocimiento. Se convirtió en una especie de friki de la física y de la química, y así con sus treinta y cinco añitos ya tenía en su currículum haber descubierto entre otras cosas las propiedades del hidrógeno, la densidad de la Tierra y de la atmósfera o la composición del agua. De todos modos, Cavendish será recordado por sus expeditivos métodos de experimentación con las cargas eléctricas (no en vano fue ayudante de Benjamin Franklin): como por aquel entonces no existían herramientas de medición precisas de la intensidad de la corriente, decidió medirlas a partir del dolor que experimentaba en su cuerpo (imagináos cómo debía de tenerlo después de años de investigaciones). En cualquier caso, sus trabajos sobre la electricidad permanecieron en la sombra hasta el siglo siguiente. Como veis, fue un personaje extremadamente excéntrico, lo que le valió para ingresar en la sociedad de los lunáticos (la llamada Sociedad Lunar de Birmingham) donde compartió copas y charlas con James Watt o Darwin entre otros. También se dice que era bastante misógino: había ordenado a sus sirvientas que no se le pusieran a la vista y se comunicaba con ellas por medio de notas. Por supuesto jamás se casó. Siempre iba con la misma ropa, un traje violaceo desgastado que era su favorito y un sombrero de tres picos algo demodé (del siglo pasado). Dedicó su fortuna a comprar cientos y cientos de libros, creando una de las mejores bibliotecas del momento, donde se dice que no sólo anotaba los pocos libros que dejaba, sino los que sacaba él mismo. Por fin, a los 72 años llegó su reconocimiento con el ingreso en la Royal Society. Ocho años más tarde fallecería dejando una considerable fortuna, cuantiosas notas e innumerables experimentos. Un científico francés dijo de él que fue "el más rico de todos los sabios, y muy posiblemente en el más sabio de todos los ricos".

lunes 21 de abril de 2008

Carl Friedrich Gauss

Quiero dedicar este personaje a los gaussianos. Si hablamos de matemáticas, hablamos de Gauss, una de las mentes preclaras de la disciplina. Y lo fue desde muy jovencito, a pesar de que su padre jamás quiso que su churumbel se dedicase a labores intelectuales: se dice, se comenta, se rumorea que con sólo tres añitos ya corrigió a su progenitor en unas cuentas que estaba haciendo. Con la inestimable ayuda de su mamá consiguió acceder a una educación, bastante rígida y encorsetada, eso sí, pero educación al fin y al cabo. En el colegio, cómo no, destacó por su soberana inteligencia, como atestigua la famosa anécdota de la suma de números del uno al cien (que el joven Gauss solucionó mentalmente en pocos segundos para asombro de la concurrencia). Su fama comenzó a expandirse hasta que llegó a los oídos de un viejo duque que le costeó sus estudios. Alcanzados los veinte años leyó su tesis doctoral y dos años más tarde la publicó como complemento a una de sus más grandes obras maestras: las Disquisitiones Aritmeticae. Esto supuso que con veinticinco años fuese nombrado miembro de la Real Sociedad de Ciencias de Gottingën. Bolyai, su gran amigo de los tiempos de la Facultad, relataba así sus encuentros: Nos unía la pasión por las Matemáticas y nuestra conciencia moral, y así paseábamos durante largas horas en silencio, cada uno ocupado en sus propios pensamientos. Claro, así descubrió cosillas como la predicción de la órbita del asteroide Ceres, lo que le valió que a los treinta y dos fuese nombrado director del observatorio de Göttingen. Allí demostró cómo calcular la órbita de cualquier planeta. Pero a Gauss también le quedaba tiempo para tener una cierta vida personal: unos años antes había contraído matrimonio con Johanna, con quien tuvo dos niños. La llegada del tercero (que sólo vivió tres meses) supuso el fallecimiento de su joven esposa. Hay quien dice que Gauss, tan concentrado en su trabajo, cuando le comunicaron que su esposa estaba a punto de morir, respondió: Sí, sí, pero pídale que espere un momento hasta que acabe con esto. Un año más tarde se casó en segundas nupcias con Minna, una amiga de Johanna con la que tendrá otros tres hijos. Mientras tanto Gauss había estado realizando importantes contribuciones a la geodesia y a la estadística (la famosa campana de Gauss) entre otras cosas, como al magnetismo fabricando, junto a Wilhem Weber, un rudimentario telégrafo eléctrico. Su vida familiar acaba complicándose: su hijo Eugen, que debía de estar hasta el gorro de su papá, se marcha a EEUU quizá para perderlo de vista; su mujer fallece y Gauss sólo encuentra consuelo refugiandose en la Física, para la que consiguió numerosos hallazgos, muchos de ellos descritos en su diario, que no se hizo público hasta medio siglo después de su muerte. Con avanzada edad, comenzó a interesarse por los avances de la tecnología y visitó las obras del ferrocarril en una accidentada excursión que casi le cuesta la vida (y es que conducían los coches de caballos como locos). La hidropesía, enfermedad común en muchos de nuestros personajes acabó con su vida a los setenta y siete años (las mismas decenas, por cierto, que las de su nacimiento). Gauss, quien fue conocido como el Príncipe de los matemáticos, fue descrito por su amigo Sartorius von Waltershausen como un hombre sencillo y sin afectación desde su juventud hasta el día de su muerte. Un pequeño estudio, una mesita de trabajo con un tapete verde, un pupitre pintado de blanco, un estrecho sofá, y, después de cumplir los 70 años, un sillón, una lámpara con pantalla, una alcoba fresca, alimentos sencillos, una bata y un gorro de terciopelo eran todas sus necesidades.

lunes 14 de abril de 2008

Blas de Lezo "Patapalo"

El amigo Blas nació en una familia de marineros en un pueblo marinero de Guipúzcoa así que a los doce añitos ya se había enrolado en la armada francesa, pues en España la situación de la armada con los Austrias era deplorable. Con quince años participó en una importante batalla de la Guerra de Sucesión en España donde una bala de cañón se llevó parte de su pierna, que tuvo que ser amputada sin anestesia y según dicen, sin quejarse. Todo un hombretón. El caso es que el incidente también le sirvió para que le ascendiesen a alférez. El caso es que el chico comienza a apresar barcos ingleses y se comienza a forjar una leyenda en torno a él. Un par de años más tarde, con diecisiete, pierde un ojo en un asedio a una fortaleza, con lo que ya tenemos al pirata cojo con pata de palo con parche en el ojo y cara de malo. A los dieciocho es ascendido a Teniente de Guardacostas. Continúa ejecutando brillantes maniobras militares y se muestra casi invencible al derrotar en inferioridad numérica a una flota de más de veinte barcos al abordaje (donde sufre diversas heridas de consideración). Le llega el nombramiento de Capitán de Fragata con veintiún años. Por fin, con veintitrés se enrola en la Armada española donde asciende a Capitán de Navío. Por si no estaba ya hecho un cromo del todo, con veinticinco pierde el brazo derecho en otra batalla, así que ya le tenemos cojo, manco y tuerto, aunque consiguió apresar a unos cuantos buques. No habiendo escarmentado de las heridas de guerra, en otro asalto un mosquete le causó una tremenda herida en su brazo bueno que se lo dejó inmovilizado de por vida. Aún así, la piltrafilla que quedaba de Blas consiguió reconquistar Mallorca. A los treinta y uno se le encarga apresar a los piratas que campan por las costas de Perú. Allí, con treinta y seis años, contrae matrimonio. Con el tiempo alcanzó el cargo de Jefe de la escuadra naval del Mediterráneo y a partir de entonces las condecoraciones le comenzaron a llegar de tal forma que la mitad ya no le cabía en su uniforme. Llegó a ser Teniente General de la Armada, Comandante General, y sus gestas fueron comentadas, admiradas e incluso estudiadas por el ingenio que demostraba en muchas de ellas. Este hombre fue el famoso Patapalo, que al final de sus días ya era más conocido como el Mediohombre, lo cual era un apodo bastante literal. Sobrevivió a todas sus heridas de guerra, pero no pudo escapar de la peste, que lo llevó a la tumba con cincuenta y un años. Su legado fue asegurar el dominio español de los mares (hasta la batalla de Trafalgar, más o menos). Sorprendentemente, pocos acudieron a su entierro y pronto fue olvidado. Éstos últimos días ha habido una especie de recuperación de la memoria de este impulsivo marinero, quizá porque el Discovery ha hecho un reportaje sobre su figura, y ya sabemos que si algo no sale en la tele es que no existe ¿no?

lunes 7 de abril de 2008

Rodolfo Valentino

El gran seductor, el primero de los llamados latin lovers, nació llamándose Rodolfo Pietro Filiberto Raffaelo Guglielmi di Valentina, ahí es nada. De sangre francesa por parte de madre e italiana de padre, aquel niño, aquel pequeño gamberro que se saltaba las clases y no hincaba un codo si no era en una almohada consiguió acabar algo parecido a lo que hoy es la Formación Profesional, en su caso por el ramo de agricultura. Ganó algo de dinero y se marchó a conocer París, pero por su carácter derrochador tuvo que llamar a su madre para que le pagase el viaje de vuelta. Durante el tiempo que pasó en Italia no tuvo oficio ni beneficio (trató de enrolarse en la marina, pero le rechazaron por delgado), así que sus padres decidieron mandarle a los Estados Unidos, a ver si allí prosperaba, como tantos otros y se hacía un hombre y un nombre. De este modo un Rodolfito de dieciocho años se planta en la Gran Manzana donde su vida no volverá a ser la misma. En pocos días acabó con el dinero que le habían entregado sus padres para imprevistos y tuvo que buscarse la vida, primero como jardinero, gracias a su título. A este le seguirían otros empleos relacionados con la hostelería hasta que encontró quien quisiese pagar por verle bailar o por acostarse con él. Como gigoló se hizo con una gran fortuna: New York estaba lleno de viejas y ricas herederas, una de ellas incluso asesinó a su marido para fugarse con Valentino. Tras este ominoso suceso, Rodolfo decidió cambiarse el nombre (hasta entonces era conocido como Rodolfo Guglielmi) y de ciudad. Así aterrizó en Holliwood. Allí entró en contacto con el mundillo de la farándula y comenzó a hacer algunos trabajillos, de villano casi siempre, en el cine mudo. Por fin le llegó el éxito con una película hoy olvidada: Los cuatro jinetes del apocalipsis. Pero fue Sangre y arena la película que lo elevó a lo más alto. Alternando los trabajos cinematográficos, bailaba en una compañía que realizaba constantes giras por todo el país. Valentino ganaba auténticas fortunas. Se realizó un serial en una revista que narraba su vida, publicó un libro de poemas, grabó un disco... un no parar. Incluso retó a un combate de boxeo a un periodista que se atrevió a llamarlo homosexual. A los veinticuatro años contrajo matrimonio con una actriz (que se decía que era lesbiana), pero no duró mucho. Su segunda boda fue con una bailarina de su compañía, pero también acabó en divorcio. También se decía de Rudy, como se le empezaba a conocer, que era aficionado a la magia negra, las artes ocultas y a charlar de vez en cuendo con algún espíritu aburrido. Además en la estupenda biblioteca que se había ido construyendo en su mansión, podían encontrarse libros en varios idiomas (italiano, inglés antiguo, griego, latín, español, alemán, francés), que Valentino devoraba con ansia (se cuenta que se leía los guiones en diferentes idiomas para captar más matices, y eso que era cine mudo...). Como tantos otros en su situación, se convirtió en coleccionista, en su caso de armas, más concretamente de lanzas, espadas, puñales, y cualquier chisme que cortase o pinchase. Con treinta y un años había llegado a lo más alto, pero, una úlcera mal curada le llevó a la tumba antes de que se diese cuenta de qué estaba pasando. Algunos de sus fans se suicidaron al enterarse de su fallecimiento. En el coche que llevó los restos mortales de Valentino a Hollywood, viajó de polizón el indio Fernández, pero esa, ya es otra historia.

martes 1 de abril de 2008

Jonathan Swift

Swift fue un tipo muy curioso. Huérfano de padre, fue enviado con su tío para recibir una educación, aunque por lo visto no fue muy buen estudiante, y tras completar los cursos regresó con su madre Abigail. Pronto encontró empleo como secretario de sir William Temple, político y ensayista, pero como, pasando los años, se sentía estancado en ese empleo, lo abandonó para hacerse sacerdote. Sin embargo, Temple, lo logró convencer para que volviese a su lado, cosa a la que Swift accedió, en parte porque se había quedado prendado de Ester Johnson (a quien llamaba Stella, con quien, al fin acabaría casándose en secreto), probable hija ilegítima de Temple, a la que conocía desde los cinco años. Su trabajo le dejaba bastante tiempo libre, que dedicó a escribir su primera obra, La batalla de los libros, que no fue publicada hasta cinco años después de terminada. Como había hecho carrera eclesiástica se le adjudicaron las iglesias de algunos pueblos de la zona con muy pocos fieles (unos quince), así que nuevamente contaba con tiempo para cultivar su jardín y escribir. En sus obras, dice la crítica, se aprecian elementos que anticipan el pensamiento anarquista, sobre todo en Los viajes de Gulliver, que en un principio fue considerado como un simple cuento para niños, aunque, quien lo haya leido, se habrá dado cuenta de que para niños nada. De hecho en posteriores ediciones se suprimió el último de los viajes, cuando Gulliver llega a la tierra de los Houymms, donde reinan los caballos y los humanos son bestias a su servicio. Por cierto, estos seres se llamaban Yahoos, de donde tomó el nombre David Filo (co-fundador de Yahoo), a quien su padre llamaba así por su inquietud. No obstante, los Yahoos de Swift eran más bien sucios y desagradables (¿no obstante?). El libro cuenta asimismo con datos bastante inquietantes, como la descripción de las islas donde vivían los liliputienses como voladoras y circulares (como la moderna iconografía extraterreste); que habían descrito unas diez mil estrellas (entonces se conocían sólo tres mil) o la descripción de dos satélites de Marte, una que completa su revolución en 10 horas y otra en 21. Ciento cincuenta años después, Asaph Hall descubrió dos lunas marcianas, Fobos y Deimos. Fobos completa su ciclo en siete horas. Hay quien ha visto en estas casualidades bien un intento encubierto de transmitir información burlando la inquisición o bien que en realidad Swift fue miembro de sociedades secretas de grandes conocimientos (quizá Masón o Rosacruz). Otro dato para curiosos es que fue el creador del nombre Vanessa: llamaba así a una alumna suya que se había enamorado perdidamente de él, y cuyo nombre era Esther Vanhomrigh. Tras la muerte de Stella, pasó sus últimos años solo y sufriendo ataques de locura, vértigo y degeneración mental. Falleció a los setenta y ocho añitos y fue enterrado bajo una lápida que rezaba lo siguiente: "Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, D., deán de esta catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad". Os dejo con algunas de sus perlas: ¡Ojalá vivas todos los días de tu vida!; Los mejores médicos del mundo son: el doctor dieta, el doctor reposo y el doctor alegría; La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse; Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él (que por cierto fue la cita del famoso libro "La conjura de los necios"); Visión es el arte de ver las cosas invisibles; y una más: La mayoría de las personas son como alfileres: sus cabezas no son lo más importante.